¿PARA QUÉ SIRVEN LAS LETRAS?: FUZZY VS. TECHIE

Hace algunos años caminando por el pasillo de un colegio local, -de esos donde el alto rendimiento es el centro de sus acciones, que solo trabajan con los que aprenden  rápido debido a que entran fácilmente en su horma y desechan a quienes van a otro ritmo porque se resisten a la ortopedia-, escuché a un padre de familia decir: “Los que estudian Sociales son vagos, hay que hacer que los chicos se motiven más por las Ciencias Exactas, Química o Matemáticas, eso les abrirá las puertas del futuro”. Hoy en día esta afirmación que gozó de amplia aceptación en algunos segmentos sociales por décadas, se ha quedado sin piso. Descartar las humanidades en el pensum de los colegios y universidades hará que encuentren la puerta del futuro cerrada, porque las letras sirven y para mucho.

Pensaba en esta escena mientras leía un artículo reciente publicado en  Harvard Business Review: “Las humanidades son el futuro de la economía digital y la tecnología”.  En él se hace una reseña de tres nuevos libros que avalan la importancia de las humanidades en las empresas bajo la siguiente premisa: “Desde Silicon Valley hasta el Pentágono, la gente empieza a darse cuenta de que para abordar con eficacia los mayores desafíos de la sociedad y la tecnología necesitamos pensar de manera crítica en su contexto e implicaciones humanas, algo para lo que precisamente están bien preparados los titulados ‘de letras’”.

En el libro The Fuzzy and the Techie, Scott Hartley, inversor de capital riesgo, rompe con el paradigma  de que solo quienes provienen de los campos CTIM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) pueden conseguir un espacio en la economía digital. Una falacia que cae por su peso cuando empezamos a ver en las empresas cómo la tecnología, el internet, la Inteligencia Artificial (IA) están asumiendo ampliamente el trabajo de los especialistas. Hartley enumera una extensa lista de líderes tecnológicos que tienen una licenciatura en letras: filósofos, filólogos, historiadores, literatos, artistas, etc. “Lo que importa ahora no son las capacidades que tenga una persona, sino cómo piense esa persona¿Puede plantear las preguntas correctas? ¿Sabe cuál es el problema que se intenta resolver? Hartley aboga por una verdadera educación de “artes liberales”, una que incluya tanto ciencias “duras” como materias más “blandas”. Una experiencia educativa bien equilibrada, abre a las personas nuevas oportunidades y les ayuda a desarrollar productos que respondan a necesidades humanas reales”.

Cents and Sensibility, escrito por los profesores Gary Saul Morson (humanidades) y Morton Schapiro (economía) de la Universidad de Northwestern (EEUU), en la misma línea del libro de Hartley, sostienen que la falta de entendimiento sobre lo humano es la causa del fracaso de los modelos económicos. “La economía tiende a ignorar tres cosas: el efecto de la cultura sobre la toma de decisiones, la utilidad de la historia para explicar las acciones de la gente y las consideraciones éticas. Las personas no existen en un vacío. Tratarlas así es tanto reduccionista como potencialmente perjudicial”. Ellos proponen que se podría mejorar el conocimiento de lo humano a través de la lectura de las obras de grandes novelistas, esos que han logrado descender a la profundidad del alma humana y que pueden dar cuenta de ella con más complejidad que los científicos.

Sensemaking: The Power of Humanities in the Age of the Algorithm, escrito por Christian Madsbjerg, consultor de estrategia, retoma las ideas de los anteriores. Resalta la importancia de que las empresas se tomen en serio la tarea de entender a los seres humanos escondidos detrás de la data para no perder el mercado. “Defiende que el conocimiento cultural profundo que necesitan los negocios no surge de investigaciones de mercado impulsadas por datos, sino del estudio empujado por humanos de textos, idiomas y personas”.

Lo que tiene en común  esta pequeña muestra de escritores, -que viven en el primer mundo-, es la idea de que escoger una carrera es menos importante que la tarea de encontrar nuevos referentes, otras formas de ampliar el pensamiento.

Al terminar de leer este artículo, recordé una noticia reciente publicada en Diario Expreso de Guayaquil, que tiene relación tangencial con mi relato inicial acerca de la sobrevaloración del campo tecnológico-científico en detrimento de las humanidades. Se titulaba: “El reto de conciliar las carreras con el trabajo”. Dos temas importantes de destacar en esta noticia: Por un lado pareciera que la única lectura posible, tal vez la más obvia pero no la más importante, es que hay que ajustar la formación de los estudiantes hacia la demanda laboral, cada vez más urgida de especialistas en las diversas ramas tecnológicas, y por otro, el requerimiento de que los jóvenes sean “proactivos y dinámicos”, ¿cómo podrían ser innovadores sin el apalancamiento en las humanidades que les proporciona  el conocimiento profundo de la condición humana que les permitirá volcar sus talentos al servicio de la sociedad desde cualquiera de los campos que hayan elegido?.

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¡Larga vida al Focus Group!

FOCUS GROUP

Es interesante lo que sucede hoy en día con la investigación de mercados, especialmente en la cualitativa.

Bajo el mantra empresarial “innovar o morir”, nos encontramos con clientes ávidos de información y formas de obtenerla que los sorprenda, que vayan más allá de lo tradicional.

Y tienen razón, hay que buscar formas nuevas de investigar porque la gente ha cambiado… y seguirá cambiando. Ya no basta con escuchar lo que dicen, ahora hay que observarlos, entender su estructura de pensamiento y… “sentirlos”.

Esto no es nuevo, la teoría psicoanalítica es fértil en su análisis del sujeto como una entidad en constante cambio debido a la fuerza y metonimia de sus deseos. Un sujeto que en una sesión grupal puede decirnos lo que piensa, luego no hacer lo que nos dijo y además no entender lo que hace, requiere de una mirada más aguda, que vaya más allá del registro de declaraciones superficiales.

Víctor Gil, autor español del libro Coolhunting le llama “triángulo de la verdad” al contraste necesario para obtener la mejor aproximación a la verdad del consumo.

TRIÁNGULO DE LA VERDAD 2

La honestidad del investigador parte de la aceptación de que no es posible conocer toda la verdad (como en la parábola de los ciegos y el elefante). Mientras más técnicas de investigación utilicemos, -aquellas que nos permitan ampliar nuestra visión sobre el objeto de estudio-, más cerca estaremos de “lo verdadero”.

parabola los ciegos y el elefante

¿Qué lugar darle al Focus Group en este contexto; una de las técnicas más tradicionales y cuestionadas de la investigación cualitativa?.

Los grupos focales son la reproducción en miniatura de las complejas dinámicas sociales, por tanto los usamos cuando queremos conocer formas de socialización de productos o servicios.

Las personas somos seres sociales. Nos estructuramos a partir de la presencia del Otro, no podemos prescindir de ese contacto que nos habilita para SER. En consecuencia, quien utilice la técnica debe creer primero en lo grupal y el entramado social-cultural que implica.

En mi práctica como investigadora, en ocasiones me he encontrado con la errónea idea de que los focus groups no son válidos porque las personas se “contagian” con sus ideas, como si estuviéramos hablando de un virus. Cuando de lo que se trata es de un mecanismo natural y común a todos: la identificación.

A través de este mecanismo las personas incorporan ideas, valores, creencias basadas en lo afectivo, lo familiar, lo conocido. El yo es el resultado de la interacción social, como podemos observar en el “efecto Ash”, un experimento psicológico muy difundido que revela el carácter social de las personas y sus estrategias de adaptación al medio.

En dos décadas de uso de esta noble técnica, he sido testigo de su utilidad al abrir una vía de observación de lo grupal que no cede terreno a otras técnicas igual de válidas y complementarias.

Reproducir lo que sucede en grandes grupos sociales no es poca cosa, eso sí, hay que estar atentos a su mal uso y abuso.